Arturo Goicoechea

Arturo Goicoechea

Lleva años hablando del dolor. Explica que no es más que un aviso. Que cuando el cerebro cree que hay posibilidad de daño hace saltar las alarmas y nos manda la sensación dolorosa. En muchos casos el daño no existe, sólo que nuestro cerebro ha creído que sí. ¿Se ha equivocado? No. Simplemente ha hecho su trabajo. Las creencias, esas nubes que pueblan nuestra mente, tienen consecuencias físicas medibles. Arturo lleva toda su vida estudiando estos procesos y sus implicaciones. Ha sido jefe de sección de neurología del Hospital de Santiago de Vitoria. Hoy está jubilado, pero sigue en activo a través de su blog. Hablar con él me ha resultado apasionante.

 

Por Antonio Montesinos

 

En tus escritos llamas al ser humano homo sapiens ma non troppo…

Existe la idea de que el ser humano es la estructura más perfecta. Se nos hace saber que es capaz de generar inteligencia por sí mismo. El término homo sapiens parece que garantiza esa sabiduría, sin embargo no es así. El cerebro está lleno de trampas, dificultades, sesgos… Esa sabiduría hay que conseguirla a lo largo de un proceso de aprendizaje que no siempre está bien tutelado.

He sacado esto de tu blog: La toma de decisión cerebral no se corresponde con la situación física real de los tejidos sino con el modo como el cerebro valora una posibilidad, en ocasiones altamente improbable. La sirena suena porque el sistema de seguridad valora la posibilidad del robo. Existe temor aun cuando no haya ningún caco merodeando.

El cerebro intenta generar probabilidades en función de objetivos y valoraciones. Intenta acertar, pero no siempre lo consigue. Su objetivo es la supervivencia del organismo y muchas veces ese objetivo no coincide con el objetivo personal del individuo. A raíz de esto podemos sacar la conclusión de que el cerebro nos engaña, pero no es así.

Una de tus conclusiones más interesantes es que el dolor se puede aliviar con pedagogía. ¿A qué te refieres?

El dolor es el resultado de un programa. Es una propuesta del cerebro al individuo. Cuando el cerebro detecta peligro se enciende el programa para advertir al individuo sobre un posible riesgo. Este programa se activa por un daño que se está produciendo o por la probabilidad de que eso ocurra. Esta probabilidad puede ser racional o irracional. El dolor aparece porque existe una pedagogía de la amenaza. En ausencia de daño relevante, la aparición del dolor no es más que la expresión de esos elementos culturales de nuestras redes neuronales. La pedagogía puede facilitar la proyección de los programas de dolor. Al igual que también, en cierta medida, puede contrarrestar sus efectos.

¿La información modifica el cerebro?

La plasticidad cerebral es un hecho demostrado. La red neuronal está abierta a la interacción con el mundo y para nosotros el mundo es una colección de contenidos culturales. Ya no vivimos en la sabana con sus primitivas incertidumbres. Hoy el cerebro debe entenderse como una estructura neuronal integrada en una red cultural de creencias y expectativas que le afectan de manera determinante.

Más de tu blog: El poder de la creencia es una evidencia. Sabemos que lo que creemos condiciona poderosamente lo que sentimos.

La medicina tiene un problema con esta afirmación. Y es que sigue atrapada en una interpretación molecular de la vida. El cerebro funciona como una estructura bayesiana. Parte de unos conocimientos que a los que va aportando datos a partir de la experiencia. Lo que percibimos no es algo que se genera de manera inmediata a partir de los estímulos. La percepción es un proceso creativo que tiene mucho de imaginación, fantasía, hipótesis, probabilidad… El cerebro sueña la realidad con las limitaciones que imponen los sentidos. Esa realidad soñada nos afecta.

¿Qué papel tiene la voluntad en este proceso?

Entramos en cuestiones complejas. La conciencia es una función del sistema. Es como una pantalla en la que se proyecta lo que la realización cerebral decide, lo que ocurre es que es una proyección interactiva. El individuo no decide la película, pero en la medida en la que va recibiendo contenidos sí que existe un rebote de esos contenidos hacia el sistema. Se trata de un diálogo conciencia-cerebro cerebro-conciencia. Moverse por estas aguas es complicado. Lo primero que hay que observar es que el individuo sobrevalora su importancia. Es decir, cree que es dueño de sus pensamientos.

Creo en las creencias. Por eso las temo, especialmente a las mías…

(Risas) Normalmente no podemos escoger nuestras creencias. No disponemos de un armario de creencias que utilizamos cada mañana según nos convenga. Bueno, sí… están los hipócritas (risas). Eso no quiere decir que seamos sujetos pasivos, sino que tenemos la oportunidad, mediante la atención y la concentración, de modificar lo que creemos.

Acabas de hablar de atención y concentración. ¿Podemos potenciarlas de algún modo?

Existen técnicas de gestión de la atención. Se trata de potenciar la facultad de captar los mensajes de la mente en un entorno de profunda calma. Son ejercicios interesantes. Con respecto al dolor se ha comprobado su eficiencia. A mí lo que me preocupa de todo esto es que estas técnicas se conviertan en terapia. Aparece entonces el dichoso mercado de las terapias, la autoayuda y todo lo que las rodea…

Para la Neurología sólo es Ciencia lo que contiene moléculas. Las propuestas fuera del marco molecular son filosofía, charlatanería… pseudociencia.

Todo tiene un sustrato químico. La complejidad química del universo es enorme, pero no hay que caer en el reduccionismo de explicarlo todo así. Los procesos neuronales también son complejos y en ellos influyen multitud de factores. Intentar comprender todos estos fenómenos únicamente por la presencia o no de ciertos neurotransmisores es quedarse corto. Eso puede funcionar en la patología endocrina. El intento de equiparar al cerebro a un órgano endocrino simple donde se pone serotonina cuando falta o donde se bloquea la dopamina cuando sobra es reduccionista. La complejidad de la red neuronal incluye factores de otra naturaleza.

Difícilmente medibles…

Al menos por ahora.

¿El efecto placebo tiene que ver con esos otros factores?

El efecto placebo es un efecto creencia. Hay que avanzar en el conocimiento de las creencias y sus efectos a nivel cerebral. Más que el efecto placebo a mí me interesa el efecto nocebo. Es decir, la influencia de la cultura en la conformación de los problemas cerebrales. Desde ese punto de vista la migraña y otras patologías tienen un fuerte componente nocébico. Las creencias disparan ciertos programas cerebrales que no tendrían que activarse en otras condiciones. En este sentido sería muy positiva una política de alfabetización ciudadana en ciertos aspectos de la biología del dolor.

Siempre has apostado por una visión integral del cerebro lejos de los enfoques biologicistas o extremadamente subjetivos…

Igual de interesante es conocer al ser humano desde la aproximación de la teoría de la evolución como desde la perspectiva de que nuestro entorno cultural influye en nuestra red neuronal. Ese aspecto cultural ha demostrado sobradamente su influencia sobre nosotros. Hemos desarrollado una pedagogía del dolor que está ayudando significativamente a pacientes con migraña. No solo evidencian mejoras en su patología, sino que reflejan un avance en otros aspectos de su vida. La medicina debe reconocer que la información es uno de los alimentos del cerebro y que influye en él de manera determinante. El estudio de las neuronas está muy disgregado: neurología, psiquiatría, psicología… Haría falta una teoría global que dejara a un lado el dualismo.

¿Llegaremos algún día a eso?

Quiero pensar que sí. Igual que nos interesa saber para qué sirven las proteínas y qué papel tienen a nivel cerebral también nos deben interesar las cuestiones filosóficas relacionadas con todo esto. Muchas veces los neurólogos sentimos como intrusismo profesional que los psicólogos se interesen por nuestro trabajo o al revés. Y no debería de ser así. Tenemos que hacer un esfuerzo de integración en el campo de las neurociencias. Quizás la primera tarea sería promocionar la búsqueda del error propio. Entonar el mea culpa. La probabilidad de detección de errores aumenta cuando existen observadores ajenos.

Me quedo con tu idea sobre la pedagogía. Cómo la información sobre nuestros procesos mentales influye sobre ellos. Scott Lilienfeld nos decía que trabajar sobre nuestros sesgos tendría una repercusión tremenda en nuestro comportamiento social. Tanto a nivel personal como colectivo.

Es cierto. Lo que ocurre es que hay condicionantes muy poderosos que impiden esos procesos . Nuestra organización social depende de estructuras políticas, económicas y sociales que analizadas de manera imparcial nos pueden resultar incluso detestables. Esa inmoralidad estructural sobre la que funciona la sociedad resulta un freno para muchas cosas. Como dices, el hecho de que el individuo tenga una mayor conciencia de sí mismo y de sus procesos mentales sentaría las bases de una sociedad más sana. A pesar de las fuerzas en contra, es un esfuerzo que merece la pena.

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