Rafael Selas

Rafael Selas

Rafael Selas, o cómo pasar de ganarse la vida con el trabajo que siempre quiso tener a vivir entre niños huérfanos en uno de los países más pobres de la tierra. Un joven que sin tener siquiera treinta años cambió su destino para solucionarle la vida a quienes la tenían perdida del todo. 

 

Por Antonio Montesinos

 

Fuiste productor musical en Miami. ¿En qué consistía tu trabajo?

Estuve trabajando mucho tiempo para un músico que se llama Carlos Marmo, que hace música para televisión y que ha ganado varios premios Emmy. Después me sumé a un proyecto muy interesante de Sky que consistía en crear canales temáticos de música para las plataformas digitales de esta empresa.

¿Te iba bien?

Estupendamente. Estaba muy bien situado. El mercado audiovisual de Miami es muy potente. Otra galaxia en comparación con lo que conocemos aquí en España.

Pero ese ritmo de vida se rompió…

Llevaba diez años trabajando allí y tenía ganas de volver a España. Pero la razón fue otra…

Fuiste a una boda en Kenia…

Y enfermé. Pillé la malaria y me hospitalizaron. Allí descubrí las condiciones en las que se encontraban los niños kenianos. Aquello fue terrible. Descubrí que en Kenia hay más de dos millones y medio de niños huérfanos. Muchos viviendo en la calle.

Enseguida empezaste a ayudar en el orfanato local.

Sí. Les llevaba lo que podía: colchones, mosquiteras, juguetes… pero todo entraba por una puerta y salía por otra. Todo lo que llevaba no duraba allí ni 48 horas. Los profesores iban con palos para pegar a los niños. Los trataban como animales. Ahí fue cuando empecé a darle vueltas a la idea de encargarme yo de los huérfanos que encontraba en la calle.

¿Cón qué recursos contabas?

Con mis ahorros. Mi idea era venirme a España a trabajar como freelance y con el dinero que ganara volverme a África para ayudar, pero eso era inviable.

¿Por qué?

Porque es muy difícil mantener un proyecto de esas características desde la distancia. Tienes que estar allí y cuidar de que todo vaya marchando.

¿Con cuántos niños empezaste?

Con ocho. Los casos más desesperados del pueblo. Con el tiempo hemos llegado a tener 300. Hoy cuidamos de 260 niños.

Mirándolo desde la distancia… ¿aquello fue una locura o una decisión meditada?

Aquello fue la mejor decisión de mi vida. Profesionalmente siempre he querido hacer lo que me gusta sin interesarme mucho por los resultados económicos. Al final el trabajo consume gran parte de tu tiempo y si no eres feliz en esas horas de poco te sirve.

¿Cual fue el objetivo principal a la hora de poner en marcha el proyecto?

Pues que los niños recibieran atención integral. Muchos proyectos de este tipo fracasan porque una vez que los chicos abandonan los centros de acogida vuelven a la calle donde terminan como al principio. El reto era quitarlos de esa vida para siempre. Ponemos mucho énfasis en los estudios y procuramos que cuando abandonen Anidan sea porque ya tienen trabajo.

Delante del comedor

¿Te mueve algún tipo de motivación religiosa?

No. Ayudar a los demás me hace sentir bien. Es algo que me viene de siempre. Quizás tenga que ver con el colegio al que fui de pequeño, el Ágora, un centro que siempre tuvo muy en cuenta la integración de los discapacitados. Quizás de ahí surge esa sensibilidad. En el fondo se trata de decisiones egoístas. Quién mejor se ecuentra con todo esto soy yo.

¿Qué infraestructura tiene Anidan en Kenia?

Tenemos un orfanato al que llamamos casa de acogida. Eso de orfanato no nos gustó nunca. Ahí tenemos los 260 niños. El mayor orgullo de este proyecto es ver cómo niños que vivían en la calle salen de ahí con estudios terminados y un puesto de trabajo. Gracias a la Fundación Pablo Horstmann, dirigida por Ana Sendagorta, hemos abierto en Lamu el primer hospital pediátrico gratuito. Gracias a este hospital se atienden anualmente unos 15.000 niños y la mortalidad infantil ha pasado del 12% al 2% según nuestras estimaciones. Este hospital recibe cada año a médicos españoles que vienen como voluntarios y trabajan junto a los médicos kenianos. La calidad asistencial es bastante alta. También tenemos un programa de microcréditos a la mujer. La mujer es muy importante en África. Apoyando a las mujeres apoyamos uno de los principales puntales de la estabilidad social y le damos la garantía de que puedan mantener a sus familias sin verse en la situación de tener que abandonar a sus hijos.

Te he escuchado decir que la sociedad de Kenia está plagada de prejuicios ¿En qué influyen esos prejuicios en la vida cotidiana?

Se trata de una sociedad ancestral, que ha evolucionado poco y donde encontramos valores de otros tiempos. Si retrocediéramos 200 o 300 años seguramente encontraríamos una sociedad muy parecida a la actual. Hay muchísimo tribalismo. Poco sentimiento de unidad nacional, pero mucho de pertenencia al clan. También hay muchas supersticiones muy arraigadas que hacen muy difícil nuestro trabajo. Por ejemplo, para conseguir que los niños vinieran al hospital hemos tenido que ganarle la batalla a los brujos locales que le daban unas pócimas inventadas sobre la marcha y que les producían unos síntomas terribles. Esto es como un viaje en el tiempo. Como si retrocediéramos unos cuantos siglos al pasado. Aunque te intentes poner a su nivel para comprender su cultura y sus creencias es muy difícil compartirlas.

¿Combatir la ignorancia es otra de las maneras de acabar con la miseria en África?

Sin duda. Sólo tienes que ver el enorme cambio de mentalidad de los niños que han salido de nuestra casa de acogida con estudios universitarios terminados. Incluso algunos de los que sólo tienen estudios básicos.

Sueles decir que una de las dificultades más importantes para el occidental que se traslada a África es desaprender el confort con el que se vive aquí. ¿Tanto cuesta?

Pues sí. Cuando vengo a España mis amigos me hablan del orgullo que debo sentir por todo lo que estoy enseñando a los africanos. Sin falsa modestia, he de decir que son más las cosas que se aprenden que las que se enseñan. De verdad. Eso de que en África se vive más profundamente el contacto personal no es un mito. Es cierto. Se le da mucho valor a la familia y se tiene un tremendo respeto por la naturaleza. Todo eso te obliga a olvidarte del aburguesamiento que tenemos aquí. Eso de olvidarme del móvil y de Internet me ha venido muy bien, la verdad. Cuando vengo a Europa me veo totalmente perdido. Allí toda la comunicación se hace de manera directa, en persona, por lo que te ves obligado a reforzar ese tipo de contacto personal. Te adaptas a todo. Ni siquiera echaba de menos la electricidad cuando no la teníamos. Es verdad que aprendes a ser feliz con menos. Allí no existe esa insatisfacción permanente por querer apirar a tener más cosas de las que se tienen.

¿Es verdad que en África no se conoce el estrés, o es otro mito?

La depresión tiene que ver con dos cosas: con el sentimiento de pérdida y con las espectativas que tienes sobre las cosas. El africano está acostumbrado a sufrir. Las pérdidas no se las toma con tanto dramatismo como en Europa. Luego sus espectativas no son las nuestras. Aquí no existe ni el estrés ni la depresión. Hace poco un equipo de cardiólogos españoles ha estado en Kenia enseñando a los cardiólogos locales técnicas complejas de operación. Los médicos españoles se extrañaban de que, encima que estaban allí para ayudar, los médicos locales no accedían a sesiones de más de dos operaciones al día. La razón que ofrecían los médicos kenianos es que tantas operaciones al día causaban cansancio y que las asimilarían mucho mejor si sólo fueran dos. El concepto del tiempo también cambia.

Mentalidades distintas.

Muchos europeos que llegan a África creen que allí son pobres porque no han seguido las mismas recetas que se siguieron en Europa. Y eso no es así. La pobreza en África tiene mucho que ver con el cambio climático y la desertización del continente. Hace 20 años en Kenia había una economía de subsistencia que funcionaba bastante bien. Cuando han ido despareciendo las lluvias esto se ha acabado. Es atrevido pensar que en África están como están por no seguir los principios de las economías europeas. Grecia, por ejemplo, sí ha seguido esos principios y mira cómo está hoy. España va por el mismo camino…

¿Cuántas veces has pillado la malaria?

Yo creo que siete. Aunque claro, antes de tener el hospital en cualquier sitio te decían que lo que tenías era malaria. También he tenido dengue un par de veces. Pero aquí estoy.

¿Internet llega a Lamu?

Sí. Mal, pero llega. Una conexión a Internet con un ancho de banda de 256 kilobits por segundo puede salir por unos 150 euros al mes. Los cibercafés van en aumento y están llenos. Ahora los smartphones están empezando a verse cada vez más. Puede parecer un lujo, pero si tenemos en cuenta que el africano no tiene televisión en casa, tampoco equipo de sonido, ni ordenador… Por un precio bastante reducido un smartphone hace todo eso. Para el africano un smartphone es un objeto bastante codiciado.

El acceso a Internet puede suponer un salto cualitativo importante en muchos aspectos…

Yo creo en el desarrollo de África. Creo que la próxima potencia emergente va a ser África y ahí la revolución de las comunicaciones va a ser clave. En África puedes andar cientos de kilómetros sin encontrarte una biblioteca. Ahora basta una conexión a Internet.

¿Estáis notando la crisis a la hora de captar ayudas?

Menos de lo que pensábamos. La recaudación en España ha caído el año pasado un 15%. Para un proyecto como el nuestro es mucho dinero, pero pensábamos que la caída iba a ser mucho mayor. El socio de Anidan es bastante fiel y quien se da de baja lo hace porque está en el paro y no tiene recursos. Te escribe contándote lo que le pasa con mucha tristeza. A pesar de todo la gente sigue siendo solidaria con nosotros. ¿Sabes cuántas ONG han desaparecido en España con la crisis?

No.

El 50%.

¿Tantas? No lo sabía.

Sí. La cosa es seria. Con respecto a esto ayer me pasó en Madrid algo muy curioso. Me tropecé con voluntarios de Cruz Roja que estaban recogiendo fondos para un proyecto en Uganda. La gente en la calle les echaba la bronca porque estaban pidiendo dinero para Uganda y no para España. Cruz Roja hace mucho por las necesidades en España, pero no podemos olvidar a estos otros países. Si no actuamos allí, la gente muere.

Vamos a lo práctico… ¿Cómo podemos ayudar?

Lo más sencillo es hacerse socio de Anidan. Teniendo en cuenta que el nivel de vida en Kenia es diez veces menor, aportar 20€ al mes nos suponen unos ingresos allí equivalentes a 200€. Con ese dinero mantenemos a una familia durante todo el mes. Los socios pagan mensualmente lo que estimen conveniente, pero no hay que pensar que una cuota de 20 o 25 euros es insignificante. Hacemos mucho con ese dinero. Con una sola aportación curamos la malaria a trece niños, que de no tener esa ayuda morirían porque la malaria es mortal. También pagamos la escolarización de un niño para todo el curso. Por poco que sea, cualquier ayuda es mucho.

Si te soy sincero, hay mucha gente en el mundo que me causa admiración. Gente inteligente que destaca en muchos aspectos del saber. Incluso en los negocios. La diferencia es hacia dónde dirigen sus esfuerzos. Lo normal es dirigirlos hacia uno mismo y satisfacer los impulsos egoístas que todos tenemos. Lo complicado es encontrar gente que dirija sus esfuerzos de manera directa a la felicidad de los demás.

Entonces tengo que ser una de las personas más egoístas del mundo. Esto lo hago por pura satisfacción personal. La recompensa que recibo por mi trabajo no tiene comparación con nada de lo que he hecho en mi vida. Ayudo a los niños porque me hacen sentir tremendamente feliz.

Casi todos

 

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